lunes, 26 de diciembre de 2011

Oración para Fin de Año


Señor, Dios, dueño del tiempo y de la eternidad, tuyo es el hoy y el mañana, el pasado y el futuro. Al terminar este año quiero darte gracias por todo aquello que recibí de Ti.

Gracias por la vida y el amor, por las flores, el aire y el sol, por la alegría y el dolor, por cuanto fue posible y por lo que no pudo ser.

Te ofrezco cuanto hice en este año, el trabajo que pude realizar y las cosas que pasaron por mis manos y lo que con ellas pude construir.

Te presento a las personas que a lo largo de estos meses amé, las amistades nuevas y los antiguos amores, los más cercanos a mí y los que estén más lejos, los que me dieron su mano y aquellos a los que pude ayudar, con los que compartí la vida, el trabajo, el dolor y la alegría.

Pero también, Señor hoy quiero pedirte perdón, perdón por el tiempo perdido, por el dinero mal gastado, por la palabra inútil y el amor desperdiciado. Perdón por las obras vacías y por el trabajo mal hecho, y perdón por vivir sin entusiasmo.

También por la oración que poco a poco fui aplazando y que hasta ahora vengo a presentarte. Por todos mis olvidos, descuidos y silencios nuevamente te pido perdón.

En los próximos días iniciaremos un nuevo año y detengo mi vida ante el nuevo calendario aún sin estrenar y te presento estos días que sólo Tú sabes si llegaré a vivirlos.

Hoy te pido para mí y los míos la paz y la alegría, la fuerza y la prudencia, la claridad y la sabiduría.

Quiero vivir cada día con optimismo y bondad llevando a todas partes un corazón lleno de comprensión y paz.

Cierra Tú mis oídos a toda falsedad y mis labios a palabras mentirosas, egoístas, mordaces o hirientes.

Abre en cambio mi ser a todo lo que es bueno que mi espíritu se llene sólo de bendiciones y las derrame a mi paso.

Cólmame de bondad y de alegría para que, cuantos conviven conmigo o se acerquen a mí encuentren en mi vida un poquito de Ti.

Danos un año feliz y enséñanos a repartir felicidad.

Amén

sábado, 17 de diciembre de 2011

Zamba de Mi Esperanza


Zamba: —De acuerdo a la Real Academia Española— Danza cantada popular del noroeste de la Argentina.

Zamba de mi esperanza,
amanecida como un querer.
Sueño, sueño del alma,
que a veces muere sin florecer.

Zamba, a tí te canto
porque tu canto derrama amor,
caricia de tu pañuelo
que va envolviendo mi corazón.

Estrella, tú que miraste,
tú que escuchaste mi padecer.
Estrella, deja que cante,
deja que quiera como yo sé.

El tiempo que va pasando,
como la vida, no vuelve más.
El tiempo me va matando
y tu cariño será, será.

Hundido en horizonte
soy polvareda que al viento va.
Zamba, ya no me dejes,
yo sin tu canto no vivo más.

Estrella, tú que miraste,
tú que escuchaste mi padecer.
Estrella, deja que cante,
deja que quiera como yo sé.


sábado, 3 de diciembre de 2011

El Tesoro del Pobre


Había una vez, según un cuento que refiere el poeta francés Juan Richepin, un matrimonio sumamente pobre. No tenían pan que guardar en la artesa ni artesa para guardar el pan. No tenían casa alguna donde colocar aquélla, ni pedazo de tierra en el que pudieran construir una casa. Si hubiesen poseído un pedazo de tierra, habrían podido hallar algo con que edificar la casa.

Si hubiesen poseído esta casa, habrían podido tener en ella la artesa, y si hubiesen poseído la artesa, de vez en cuando, sin duda, habrían podido hallar un poco de pan que guardar en ella. Pero como no tenían ni terreno ni casa, ni artesa ni pan, eran, en verdad, de los pobres muy pobres, y lo que más falta les hacía era una casa propia donde pudieran encender algunos troncos secos, y sentarse a charlar junto a la lumbre.

La víspera de Navidad este pobre matrimonio se sentía más pobre y más triste que nunca.

Mientras iban lamentándose por la grande carretera solitaria, rodeados de las negras tinieblas de la noche, tropezaron con un pobre gato que maullaba tímidamente.

Los pobres son bondadosos con los pobres, y se ayudan unos a otros, y aquellos dos pobres tomaron al gato consigo, y no se cuidaron de comer ellos cosa alguna, sino que dieron al animal un poco de manteca que les habían proporcionado de limosna.

El gato, después de comer, echó a andar delante de ellos y los guió a través de las negras tinieblas hasta una vieja cabaña abandonada.

Había dos banquetas y un hogar en esta cabaña, según pudieron ver por un rayo de luna, que lució y desapareció al mismo tiempo, y el gato desapareció también con el rayo de luna.

Pronto se hallaron sentados en la oscuridad delante del negro hogar, que la falta de fuego hacía todavía más negro.

—¡Ah -dijeron—, si tuviéramos únicamente un par de brasas! ¡Hace mucho frío!, y ¿qué podía haber más agradable que estar sentados calentándonos junto a un poco de fuego y contando cuentos?

Pero no había en el hogar fuego alguno, porque eran muy pobres, verdaderamente pobrísimos.

De pronto aparecieron dos brasas brillantes y ardientes en el fondo de la chimenea; dos hermosos ojos de fuego, amarillos como el oro.

Y el viejo frotó sus manos gozoso, y dijo a su esposa:

—¿No notas qué bien se está y qué calorcito se siente?

—Sí, por cierto —respondió la anciana—, y acercó las manos a la lumbre. —Sóplalas y atízalas —dijo ella.

—¡No, no! —replicó el marido—. Eso las haría arder de prisa.

Y así empezaron a charlar para matar el tiempo, sin tristeza ya, porque se sentían animados a la vista de las dos pequeñas brasas amarillas.

Los pobres son felices con muy poca cosa, y estos dos se alegraban al ver el hermoso regalo de lumbre que se les había hecho, junto a la cual estuvieron sentados toda la noche calentándose, seguros de que el Niño Jesús los quería mucho, porque las dos brasas lucientes brillaron misteriosamente toda la noche, sin extinguirse.

Cuando llegó la mañana estos dos pobres, que habían pasado abrigados y contentos toda la noche, vieron en el fondo de la chimenea al pobre gato que los miraba con sus grandes ojos amarillos.

El reflejo de aquellos ojos eran lo que mantuvo a aquellos dos pobres tan abrigados y contentos.

—El tesoro de los pobres es la fantasía— les dijo discretamente el gato.


jueves, 1 de diciembre de 2011

Tiempo de Corresponder



¿Quién soy yo?

Soy las manos del abuelo.

Soy las lágrimas de mi madre, la fuerza de mi padre, las bromas de todos mis hermanos.

Soy el amor completo de quien me ha amado y la disciplina despiadada de mis maestros.

Soy la inspiración de muchos para seguir adelante y la multitud que aplaudió mis éxitos.

Soy la asesoría de cien hombres.

No soy, sólo yo.

Soy la suma de todo. El orgulloso resultado del trabajo de otros; aquellos que han tocado mi vida, de tantas maneras.

Llegó el momento de corresponder. Compártete —tú también— a ti mismo.



—Parece un anuncio; pero es un mensage—


jueves, 24 de noviembre de 2011

Ley del Círculo


De acuerdo al Calendario Azteca; el Plan Divino de Teotl, es matemático, geométrico y cíclico, y tiene como símbolo la ley del círculo, el cual se abre y se cierra en el mismo punto de partida.

Esto quiere decir que todo se regresa en la vida de acuerdo y en cumplimiento de la infalible ley de causa y de efecto en la misma causa.

Esto también significa que tú eres tu propia causa y tu propio efecto.

Cuida te de ti mismo para ser feliz.


Bernardina Green

Astucia de un Viajero


Un viajero llegó a una posada en una noche de las más frías de diciembre, y al pasar por la cocina vio que todos los asientos estaban ocupados por la mucha gente que había alrededor del fuego; el no poder acercarse a calentar las uñas lo fastidió bastante.

-Mozo -dijo en alta voz al criado-, darás al momento a mi caballo dos docenas de ostras.

El mozo obedeció; y todas las personas que estaban en posesión de la lumbre no pudieron resistir al deseo de ver un animal tan extraordinario: se levantaron y marcharon en tropel a la caballeriza.

Entretanto, el viajero tomó el mejor asiento junto al fuego, y un instante después llegó el mozo a decirle, seguido de los curiosos, que el caballo no quería comer las ostras.

-¡Cómo! ¿no las quiere? -pregunta muy serio el viajero-. Pues ponme aquí la mesa, y me las comeré yo a su salud.

lunes, 14 de noviembre de 2011

En Paz



Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;

porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas noches de mis penas;
mas no me prometiste tú sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Amado Nervo, mexicano, 1870-1919

jueves, 3 de noviembre de 2011

Cuando las Palabras Muerden



Dice el Poeta Mario Trejo:

—La palabra perro no muerde, el que muerde es el perro.



Y el Artista Alejandro Jodorowsky, agrega:

—La palabra perro no muerde; pero al que no sabe esto, la palabra perro puede morderlo.

Por qué la palabra perro no muerde

Discurso en ocasión de la entrega del III Premio Internacional de Poesía Víctor Valera Mora a Gustavo Pereira.

Caracas, 15 de septiembre de 2011

Cuenta el poeta Píndaro que cuando la diosa Atenea nació de la cabeza de su padre, adulta y armada, lanzó un grito de guerra que estremeció el Universo. Hay temas para los que, se dice, «no hay palabras» para expresarlos, pero para este caso solo existe la palabra, porque dudo que pueda pintarse, montarse en el teatro, hacer una película, una sinfonía, un «performance» sobre este rugido de guerra que sacude todo lo que existe. Nos quedamos solos con la palabra ante tanta enormidad.

Es igual que Medusa, cuya exorbitante fealdad no deja oportunidad a interpretaciones estéticas sino que de una vez causa un terror que paraliza tanto que hasta los héroes se vuelven de piedra. Esa fealdad da a luz el ser más hermoso que haya concebido la mente humana: Pegaso.

Durante siglos no hubo códigos sino libros sagrados de inspiración poética. El marco legal lo regía la poesía. Se legislaba en metáforas. La gente se abrigaba en la poesía como referencia pública, porque permitía expresar toda palabra trascendente, como la filosofía, pues los filósofos presocráticos escribían poemas.

La aparición del alfabeto dotó a la palabra de trascendencia todavía mayor. La liberó de sus límites espaciales y temporales, podíamos leer a los muertos, podíamos escribir para el futuro y para la lejanía. Escribir era consagrar, la letra divinizaba y aparecieron los libros sagrados. Mahoma sabía de qué hablaba cuando llamaba a los cristianos «la gente del libro», pues él mismo tenía su libro y para millones sigue siendo convincente que hay libros dictados por Dios, pues la palabra escrita se hace persistente, tenaz, constante. Por eso la palabra escrita no solo muestra sino que demuestra y todo libro se vuelve sagrado aun para quienes los queman y especialmente para ellos porque los hay que cambian el curso de la historia. Cuentan que Kant interrumpió su paseo diario solo dos veces: para leer el Emilio de Rousseau y para morir.

No le gustaba la escritura al aristócrata Platón, pues hacía que la palabra fuera llevada y traída incluso por personas poco versadas y además la palabra escrita siempre decía lo mismo, algo altamente inconveniente para su dialéctica. Paradójico destino, pues hoy conocemos a Platón gracias a que nos llegaron sus palabras escritas.

Ángel Rosenblat dictaminó que hay un Sentido mágico de la palabra, en un memorable trabajo de ese nombre (http://j.mp/n8WbxY). Y lo cito:

La historia de algunas palabras nos servirá de hilo conductor. Hablar, en español antiguo fablar, viene del latín fabulari, contar, conversar, derivado de fabula. Algo del viejo sentido ha quedado, con evocaciones inquietantes, en confabular, que es una manera especializada de hablar. Ese fabulari latino está relacionado con un verbo más antiguo, fari, hablar, que tiene, entre otros, los siguientes derivados: un participio de presente fans, el que habla, de donde infans, el que no habla, que es nuestro infante, antiguamente la criatura que aún no podía hablar, después la de pocos años, luego el hijo de nobles (los Infantes de Lara), más tarde los hijos de los reyes (los Infantes de Aragón) y finalmente el soldado de la más modesta de las armas. También procede de él otro participio, fatus, de donde fatum, el hado, que es, etimológicamente, lo que ha sido dicho, la predicción y luego el destino, en realidad el desdichado, terrible, funesto, y frente a él la bienhechora hada. De ahí derivan bienhadado y malhadado, y también nefando, y además fasto y nefasto, y por otro lado fama e infamia, famoso e infame.

Ya vemos, con Rosenblat, cómo ha ido hablando el lenguaje sobre sí mismo a través de los siglos. El término palabra está a su vez emparentado con el latín eclesiástico parabola, que era el modo que tenía de expresarse Dios para hacerse entender por personas de mente estrecha. No tiene nada de extraño, pues, que Dios haya creado el mundo hablando. Dios dijo: «Hágase la luz y la luz se hizo». Y llevó todos los animales ante Adán para que Adán les pusiese nombre. También hablaron los dioses mayas, Tepeu y Gutumatz consultaron entre ellos y luego dijeron palabras tan fundamentales que crean mundos. «¡Tierra!», dijeron y al instante se hizo la tierra.

Cuando pedimos agua diciendo por primera vez la voz que la designa y nos dan en efecto agua, descubrimos ese poder demiúrgico, que permite nombrar el deseo y satisfacerlo. Igual descubrimos en la juventud el requiebro amoroso que permite acercar el objeto del deseo. Pero también descubrimos bien temprano la mentira, la posibilidad de evocar o invocar mundos con la palabra, como Dios. Somos, pues, cuando mentimos, demiurgos. Es que la mentira no siempre es nociva, se ennoblece en la ficción, en el mito, en la épica, en que nombramos hechos prodigiosos o triviales. La ficción es un modo de decir verdades con mentiras aparentes. No sé si hay unicornios pero algo tienen que los hace pensables. De los andaluces decía Antonio Machado: «Se mienten, mas no se engañan».

Ninguna palabra dice nada específico y mucho es lo que dice, siempre es una alegoría, un apunte, un acercamiento, un sonido o una letra que apunta en una dirección y que cada quien interpreta. Muchas expresiones son metáforas, como dijeron Mark Johnson y George Lakoff en su libro, Metaphors We Live By, Chicago: The University of Chicago Press, 1980. Es decir, 'las metáforas de que vivimos'. Porque vivimos de metáforas. Cuando digo que «se me acaba el tiempo» estoy usando una metáfora porque asimilo el tiempo a una sustancia, como el agua, como la gasolina, que se agotan, precisamente gota a gota. Y así todo lo vamos diciendo con metáforas, a veces de guerra, como cuando hablo de batalla de ideas o de artillería del pensamiento.

Difícil hallar una expresión que no sea metáfora y cuando así parece generalmente estamos usando una expresión que fue metáfora en su comienzo, como la palabra papel, que viene de papiro, que fue cierta planta usada en la antigüedad para fabricar hojas donde escribir los signos quietos, es decir, las letras. Le damos vuelta a la idea de papel y hallo como sinónimos hoja, pliego, documento… Ninguna toca lo dicho, todas lo rodean, lo conjuran, lo delatan, pero ninguna lo dice «a las claras» sino de modo oblicuo. Una palabra es una proposición, un riesgo, podemos no hacernos entender, fallar la puntería, confundir o aclarar. Pero por más que aclaremos la palabra sigue siendo un intermediario, una aproximación, un vehículo, por eso se ha dicho que «la palabra perro no muerde». No muerde, pero a veces ladra, a veces una palabra cardinal cambia o marca el curso de los grandes ríos de la historia, «¿trescientos años de calma no bastan?», «desde lo alto de esas pirámides cuarenta siglos de historia os contemplan», «mátenme para que se les quite el miedo», «por ahora». Es que sigilosamente la palabra perro sí muerde. El 4 de mayo pasado Alejandro Jodorowsky mandó un «tweet» que dice: «La palabra perro no muerde, pero al que no sabe esto la palabra perro puede morderlo» (http://j.mp/pZksAD).

En cierta ocasión la gente de Alejandría embargó descortesmente sus papiros a los sabios de Pérgamo. Estos tuvieron que afeitar, blanquear y estirar cuero para los signos quietos y aún lo llamamos pergamino, aunque ya no sea de cuero, para imprimir diplomas y documentos faroleros. La anécdota es seguramente falsa, porque se sabe de pergaminos desde mucho antes, pero no contamos con ella para referirnos necesariamente a un hecho puntual y ubicable en tiempo y espacio, sino a los modos que tiene la humanidad para escurrir obstáculos en la viejísima batalla de las ideas. Usamos, pues, una metáfora como cuando leemos una ficción, un mito, un chiste, un chisme.

Por eso los chismes corren. Si cuento que Fulano se tomó un jugo de naranja es muy poco probable que esa información se propague mucho. Pero si digo que se fue de viaje a Alfa Centauro probablemente se difunda más. Si digo que una persona de bien se ganó el Nobel de la Paz, probablemente no tenga mucho eco, pero si digo que un Nobel de la Paz está perpetrando bombardeos «humanitarios» en Libia, el mero carácter grotesco hará que la información irradie bastante más lejos. Por eso el chisme viaja, porque cuenta metáforas, porque tiene la misma raíz de la poesía. Mientras más potente la metáfora que impulsa el chisme, más lejos y más tiempo circula.

Nos pasa, a mí me pasa, cuando leo por primera vez la poesía de alguien que me adentro en un paisaje que nunca supe, algo así como si de pronto me encontrase con una calle que me comunica con un lugar de la ciudad que nunca antes advertí, donde la gente vive de otra manera, habla distinto, sueña otras cosas. O como si me indicara una bahía en donde nunca me adentré y que está coloreada distinto a las demás, con plantas y peces de otra naturaleza. Como ven, estoy intentando explicar las metáforas con otra metáfora.

Todo esto confluye ahora entre nosotros mismos, en esta Venezuela estremecida de hoy. En estos tiempos se están imprimiendo libros de poesía como nunca antes. Y la gente los compra. Y no solo los compra sino que los lee. Nos consta. La gente lee al poeta Pereira, cuya palabra quedó para siempre en el Preámbulo de la Constitución. Porque nunca antes se expresó tanto la poesía. No que no hubiera poetas sino que o no tenían tantos y tan buenos medios para expresarse o simplemente no habían producido poesía, algo muy prosaico se lo impedía, porque una revolución que no es poética no es revolución.

Por: Roberto Hernández Montoya —Fecha original de publicación: 16/09/11—

¿Es qué sigilosamente la palabra perro sí muerde?

Las palabras podrán agresivamente, sutilmente, o sigilosamente: incomodar, podrán lastimar, hacer daño; pero finalmente, son palabras... Palabras que se lleva el viento. La palabra perro no muerde. La opinión opina; pero no rige.


Cuando las palabras hieren, indignan u ofenden... Recuerda la palabra perro no muerde.


sábado, 29 de octubre de 2011

Calaveras Literarias en México


Realizar "calaveras" o "calaveritas" es una actividad muy frecuente en la sociedad mexicana para el Día de Muertos, 2 de noviembre. Consiste en escribir algunos versos picarescos; con rima y ritmo que describen la relación de un hombre o una mujer ante la muerte —como si fuera un epitafio— destacando con ironía las cualidades, defectos, actitudes y costumbres de la persona a la que se le hace alusión. Versos que pueden esconder un  reclamo, una queja e incluso lo contrario, un elogio, como las calaveras que escriben los estudiantes a sus maestros, o a sus padres, pero siempre escritas con un toque de guasa y un buen sentido del humor. 

La calavera literaria debe ser graciosa y ocurrente, y se le dedica una calavera por lo regular a un personaje de cierta relevancia social; pero no necesariamente, en escuelas, y áreas de trabajo de mi país se intercambian entre amigos, van ilustradas de manera muy vistosa con cráneos y esqueletos; los primeros dibujos aparecieron en 1872 por el litógrafo Santiago Hernández, luego por Manuel Manilla, y se popularizaron con José Guadalupe Posada.

Por ejemplo:

A Berta Sandoval, por Griss.
En esta tumba se encuentran
los restos de un pintora,
se la llevó La de Blanco,
dicen que por su obra.
Conoce sus aptitudes,
su trayectoria sin mancha,
es pues Bertha la restauradora,
que ya dialogó con La Parca.
Pídeme lo que tú quieras,
la muerte fue complaciente
entonces le dijo ¡a que ni te imaginas!
desde ahora quiero ser La Catrina.
Aunque me quede en los puros dientes
y me digan La Huesuda
ahora Bertha camina
de la mano con La Catrina.
Recorren plazas, mercados y escuelas
disfrutando de una larga vida
y la muerte es tan complaciente
que a diario brinda con La Catrina.
Qué es Morir, por Elías Nandino

Morir es
alzar el vuelo
sin alas,
sin ojos
y sin cuerpo.


Los Estudiantes

Los estudiantes, descontentos, con la huesuda se enojaron y en la puerta de la escuela, a patadas la sacaron.

Calaveras editadas por: Antonio Vanegas Arroyo, Gran Baile de Calaveras —1906—.

Llegó la gran ocasión
de divertirse de veras.
Van a hacer las calaveras
Su fiesta en el Panteón.

Las flautas son de canillas.
De huesos son los violines.
De cráneos los cornetines.
Los fagós de rabadillas.

Las viuditas relamidas
que se precian de virtuosas
asistirán ruborosas
todas de blanco vestidas.

Un militar esforzado
Que en todas partes corría
La gran cruz de valentía
Lucirá muy esforzado.

Los sudarios se reforman,
se remiendan las mortajas
y con las fúnebres cajas
estrado y gradas se forman.

Bailarán los comerciantes,
Los sastres y los cocheros,
Los soldados, los pulqueros,
Albañiles y estudiantes.

Ingenieros y cantores,
dependientes y modistas,
carretoneros y artistas,
lavanderas y pintores.

Será una gran igualdad
que nivele grande y chico.
No habrá ni pobre ni rico
en aquella sociedad.

El que quiera la función
mirar de las calaveras
que se muera de deveras
y que se vaya al Panteón.

Calaquita tan Catrina, por Luìs Arreguín

No dejes que te desplacen
que a ti te soñó Posada,
Rivera dejó pintada
y en el pueblo te incrustaste.

¿Qué sabe el abuso gringo
son sus brujitas sin gracia
y sus fantasmas sin alma
de amor sin ningún distingo?

¿Qué de ti sabe el poder
quien barre con quien se opone
sólo si es indio y es pobre?

¿De equidad puede saber?
¿Puede suplantarte alguna,
siendo esperanza y fortuna?

¡Qué pena y qué dolor! Estoy muerto, Señor: nadie quiere leer mis blogs...
—Mi auto calavera, LE—



domingo, 16 de octubre de 2011

Es Preferible Callar



Que fácil es hablar, hablamos sin darnos cuenta. Que felices los padres cuando sus hijos empiezan a decir una que otra palabra, y con que ternura se toman ese tiempecito los padres, para enseñarles rimas y canciones. Algo que no pasa, al menos no muy seguido, enseñarlos a callar...

En cierta ocasión, una niña que estaba jugando con sus amiguitas entró corriendo en su casa y, dirigiéndose a su madre con excitado acento, le dijo:

-¡Ay, mamá, si supieras lo que dicen de Teresa! Me acaban de contar que...

-Espera, hija, espera -le interrumpió la madre- y antes de decírmelo escúchame bien: ¿Has hecho pasar lo que te han contado de tu amiguita por los tres tamices?

-¿Tamices? ¿Qué tres tamices, mamá?

-Verás: el primer tamiz se llama Verdad. ¿Sabes si es cierto lo que vas a decir?

-Yo no sé, realmente... Pero Luisa me contó que María le dijo a Juana que Teresa...

-¡Basta, basta! Eso tiene demasiadas vueltas. Ahora, con respecto al segundo tamiz, se llama Benevolencia. ¿Es benévolo lo que vas a decir?

-En verdad, mamá... no... no lo creo.

-En cuanto al tercer tamiz, se llama Necesidad. ¿Es necesario que cuentes lo que te han dicho de tu amiguita?

-No, mamá; no es necesario que lo repita.

-¿De modo que lo que ibas a decirme no es necesario ni benévolo, ni... quizá, tampoco cierto? En tal caso, hija mía, ¿no te parece mejor que lo calles?

viernes, 7 de octubre de 2011

Steve Jobs —Pensamiento de un Genio—


Steve Jobs, genio que revolucionó la computadora, la reproducción de música, el teléfono celular, la animación en el cine e introdujo la «tablet», por mencionar algunas de sus invenciones y aportaciones durante sus 56 años de gran trayectoria. También, quedará en la memoria por sus palabras —frases y citas— celebres.

Entre las cuales se encuentran:


—Una cosa más— Una de sus frases que utilizaba en cada nota clave; para sorprender con algo que no se preveía en la presentación.

—A veces cuando se innova cometes errores. Es mejor admitirlos rápido y mejorar tus otras innovaciones—

—Ser el hombre más rico en el cementerio no me importa a mí... Ir a dormir diciendo que hicimos algo grandioso... eso es lo que me importa—

—Quiero poner un «ding» en el universo— ¿Qué quiere decir «ding»? Es como el sonido del din, don, dan de una campana.

—Yo valía un millón cuando tenía 23, y más de 10 millones cuando tenía 24, y más de 100 millones cuando tenía 25, y no fue tan importante porque nunca lo hice por el dinero—

—Desafortunadamente, las personas no se rebelan contra Microsoft. Ellos no saben otra mejor—

—Lo que una computadora es para mi, es la herramienta más sobresaliente con la que nosotros hemos llegado. Es equivalente a una bicicleta para nuestras mentes—

—Cambiaría toda mi tecnología por una tarde con Sócrates—

—Nosotros solíamos soñar con estas cosas. Ahora podemos construirlas. Es bastante genial—

—Yo pienso que si tú haces algo y resulta bastante bueno, entonces deberías de hacer algo más grandioso, no pienses en ello por mucho tiempo. Sólo imagina qué es lo que viene—

—La invención más grande de la vida, el descanso eterno—

Steve Jobs, descanse en paz, 1955-2011

martes, 4 de octubre de 2011

Hazme un Instrumento de tu Paz


Señor, haz de mi un instrumento de tu paz.

Que allá donde hay odio, yo ponga el amor.
Que allá donde hay ofensa, yo ponga el perdón.
Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión.
Que allá donde hay error, yo ponga la verdad.
Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe.
Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz.
Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría.

Oh Señor, que yo no busque tanto
ser consolado, cuanto consolar,
ser comprendido, cuanto comprender,
ser amado, cuanto amar.

Porque es dándose como se recibe,
es olvidándose de sí mismo como uno se encuentra a sí mismo,
es perdonando, como se es perdonado,
es muriendo como se resucita a la vida eterna.

—Atribuida a San Francisco de Asis, pero de autor anónimo—


miércoles, 28 de septiembre de 2011

Cómo hacer un ensayo


Si te gusta leer, seguramente también te gusta escribir; si te gusta escribir... te gusta soñar, compartir, cantar, planear, volar —reflejar el mundo o crear uno nuevo de ilusión— y encontrarte otra vez contigo mismo: ¿pero cómo empezar a escribir?

Un ensayo es una colección de ideas cuyo objetivo es considerar, desarrollar y luego concluir sobre un tema en particular. De hecho etimológicamente viene del latín exagium, o pesar, y este es el tratamiento que se le da a su desarrollo.

Y bueno ¿Cómo hacer un ensayo? Primero, debemos comenzar por buscar un tema; si este es asignado por terceros, no hay problema, pero si debemos escoger un tema por nosotros mismos, podemos tomar algunas recomendaciones. Es siempre aconsejable el acotar la temática; por ejemplo es bueno un ensayo con el título de "La obra literaria de nn" o aún mejor "La influencia de la política en la obra de nn". Por otro lado "las obras literarias" sería un título demasiado amplio y general. De esta manera, podremos ser más específicos en cuanto al alcance de nuestro trabajo, y además dejaremos menos cabos sueltos. También de esta manera nos simplificamos el trabajo de investigación, y por otra parte podremos llegar a títulos atractivos y originales, dándole un valor agregado a nuestra obra.

El segundo paso para hacer nuestro ensayo, una vez que ya tenemos el tema a desarrollar, es la investigación o recopilación de antecedentes e información. En este punto todo sirve, como obras literarias, de críticos, noticias, artículos académicos y revistas especializadas. Se recomienda abarcar la mayor cantidad de información posible, para luego referirse a ella durante el desarrollo del ensayo. Un error recurrente, es citar a diversas fuentes y autores sólo para estar de acuerdo con todos estos contenidos; en un ensayo la honestidad y las ideas propias son de gran valor, por lo que el no estar de acuerdo con alguna idea entre la información recopilada es un planteamiento que se debe incluir.

Otra gran fuente de información que se utiliza para hacer un ensayo en la actualidad, es el Internet. Podemos utilizar los grandes buscadores como Google y Yahoo, más la información que podremos encontrar en redes internas de universidades, si tenemos acceso a ellas. Un punto muy importante al decidir utilizar la Internet como una fuente de información, es ser bastante crítico a la hora de considerar un sitio como candidato para servirnos de ayuda. Esto porque es común encontrar información errónea, publicada de manera intencional o accidental, ya que la red esta abierta a todos los que quieran expresar algo en ella. O sea, debemos primero recorrer el sitio y juzgar su credibilidad antes de utilizarlo como fuente.

Ahora que ya tenemos una idea de las diversas fuentes que utilizaremos, no debemos olvidar el tomar notas de manera crítica mientras leemos el material. Y por supuesto, para cada fuente que vamos decidiendo utilizar, es necesario también anotar la edición, el lugar y fecha de la publicación, junto con el autor, para nuestra bibliografía.


En nuestro tutorial acerca de cómo hacer un ensayo ya hemos avanzado al punto que tenemos el título, las fuentes de información, y además hemos tomado notas críticas de las fuentes utilizadas. El siguiente paso consiste en volver a revisar nuestras notas, para luego ordenarlas dándole un estructura a nuestro ensayo. Podemos agruparlas por la temática que abarcan, para tener una idea de la organización que tendrán los párrafos.

En cuanto a los párrafos de nuestro ensayo, hay recomendaciones importantes. Se deben evitar los párrafos de una sola frase, ya que causan una mala impresión. La idea es presentar un tema con la primera frase, para luego desarrollarlo en el resto del párrafo. En el primer párrafo del trabajo, se debe expresar claramente el tema y objetivo del ensayo. Para tener una idea de cuan largo debe ser cada párrafo, se puede tomar como referencia un tercio del largo de la página, aunque por supuesto esto puede variar dependiendo de las necesidades particulares.

Al final del ensayo, debemos incluir, como mencionamos anteriormente, una lista de las fuentes utilizadas. Por ejemplo, podemos utilizar el siguiente formato: Autor, Obra, Publicación, fecha.

Listo, ahora debemos llevar el ensayo a la computadora e imprimirlo. Algunas recomendaciones al respecto. Corregir la ortografía es una prioridad; faltas ortográficas y en la gramática causan una pésima impresión en el lector o examinador. Una de las tragedias más recurrentes en el mundo de los ensayos son los cortes de luz, que llevan a la pérdida de lo que hemos escrito y organizado. Por este motivo debemos ir grabando a medida que avancemos. Estéticamente, se recomienda el doble espaciado entre líneas y el uso de la indentación o tabulado para comenzar cada párrafo. La numeración de las hojas también es importante.

Finalmente, debemos presentar nuestro ensayo. En este respecto para causar una impresión óptima en el destinatario, se recomienda no corchetear las hojas, sino que utilizar una carpeta transparente que las sostenga a presión. Por lo demás son bastante económicas.

Como una recomendación final de este tutorial sobre cómo hacer un ensayo, debemos siempre pensar en el lector; por este motivo nuestro ensayo debe ser entretenido, bien escrito, correctamente presentado, y por que no, incluso provocador en sus planteamientos.


Tomado de: Mis Respuestas . Com

La Zorra y las Uvas


Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca.

Mas no pudiendo alcanzarlos, se alejó diciéndose:

-- ¡ Ni me agradan, están tan verdes... !



Nunca traslades la culpa a los demás de lo que no eres capaz de alcanzar.


sábado, 10 de septiembre de 2011

La Pax Porfiriana


En ese momento, entre olores dulces y algodones quemándose sobre el firmamento, recordé todas las batallas que había vivido, la lucha contra la dictadura de Santa Anèna, la intervención norteamericana y la francesa, el imperio imponiendo sus leyes con crueldad, también la imposición de Juárez en el poder, y el fraude electoral de Lerdo de Tejada. No sé, en un momento, recargando mi cuerpo en un barandal de piedra, entendí que mi México no había tenido un momento de paz en todo el siglo. ¿Qué podía hacer? ¿Estaba en mis manos tratar de pacificar al país por el bien del pueblo? Sí, yo estaba en el poder, aclamado por toda la nación, tenía toda la responsabilidad sobre mi espalda. Así fue como empezó un concepto que se contagiaría en cada uno de los estados de la República… una idea que se llamaría la Pax Porfiriana.

La Pax Porfiriana —fragmento— tomado de El Blog de Don Porfirio

Viaje al Centro de la Tierra


Cuando leí el Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne en la infancia, para mi fue la cosa más maravillosa que había leído; años después me llevaron a ver la película, simpática; pero no, el libro te da la sutileza de la emoción, y algo más... Hoy en día, cada vez que preparo un viaje, me acompaña cada detalle de esta novela de ciencia ficción, como si mi viaje fuera a ser al mismo centro de la tierra. A continuación, capitulo primero, de Viaje al Centro de la Tierra.

Capitulo I

El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Liden­brock, entró rápidamente a su hogar, situado en el número 19 de la König-strasse, una de las calles más tradicionales del barrio antiguo de Hamburgo.

Marta, su excelente criada, se preocupó sobremanera, creyendo que se había retrasado, pues apenas si empezaba a empezar a cocinar la comida en el hornillo.

"Bueno"- pensé para mí- , si mi tío viene con hambre, se va a armar la de San Quintín; porque no conozco a otro hombre de menos paciencia.

-¡Tan temprano y ya está aquí el señor Lidenbrock! -exclamó la pobre Marta, con arrebol, entreabriendo la puerta del comedor.

-Sí, Marta; pero tú no tienes la culpa de que la comida no esté lista todavía, porque es temprano, aún no son las dos. Acaba de dar la media hora en San Miguel.

-¿Y por qué ha venido tan pronto el señor Lidenbrock?

-Él lo explicará, seguramente.

-¡Ahí viene! Yo me escapo. Señor Axel, cálmelo usted, por favor.

Y la excelente Marta se retiró presurosa a su recinto culinario, dejándome solo.

Pero, como mi timidez no es lo más indicado para hacer entrar en razón al más irascible de todos los catedráticos, había decidido retirarme prudentemente a la pequeña habitación del piso alto que utilizaba como dormitorio, cuando se escuchó el giro sobre sus goznes de la puerta de la calle, crujió la escalera de madera bajo el peso de sus pies fenomenales, y el dueño de la casa atravesó el comedor, entrando con apresuramiento en su despacho, y dejando al pasar, el pesado bastón en un rincón, arrojando el mal cepillado sombrero encima de la mesa, y dirigiéndose a mí con tono imperioso, dijo:

-¡Ven, Axel!

No había tenido aún tiempo material de moverme, cuando me gritó el profesor con acento descompuesto:

-Pero,apúrate, ¿qué haces que no estás aquí ya?

Y me precipité en el despacho de tan irascible maestro. Otto Lidenbrock no es mala persona, lo confieso ingenuamente; pero, como no cambie mucho, lo cual creo improbable, morirá siendo el más original e impaciente de los hombres.

Era profesor del Johannaeum, donde dictaba la cátedra de mineralogía, enfureciéndose, por regla general, una o dos veces en cada clase. Y no porque le preocupase el deseo de tener discípulos aplicados, ni el grado de atención que éstos prestasen a sus explicaciones, ni el éxito que como consecuencia de ella, pudiesen obtener en sus estudios; no, semejantes detalles lo tenían sin cuidado. Enseñaba subjuntivamente, según una expresión de la filosofía alemana; enseñaba para él, y no para los otros. Era un sabio egoísta; un pozo de ciencia cuya polea rechinaba cuando de él se quería sacar algo. Era, en una palabra, un avaro del conocimiento.

En Alemania hay algunos profesores de esta especie.

Mi tío no gozaba, por desgracia, de una gran facilidad de palabra, por lo menos cuando se expresaba en público, lo cual, para un orador, constituye un defecto lamentable. En sus lecciones en el Johannaeum, se detenía a lo mejor luchando con un recalcitrante vocablo que no quería salir do sus labios; con una de esas palabras que se resisten, se traban y acaban por ser expelidas bajo la forma de un taco, siendo éste el origen de su cólera.

Hay en mineralogía muchas denominaciones, semigriegas, semilatinas, difíciles de pronunciar; nombres rudos que lastimarían los labios de un poeta. No quiero criticar a esta ciencia; lejos de mí profanación semejante. Pero cuando se trata de las cristalizaciones romboédricas, de las resinas retinasfálticas, de las selenitas, de las tungstitas, de los molibdatos de plomo, de los tunsatatos de magnesio y de los titanatos de circonio, bien se puede perdonar a la lengua más expedita que tropiece y se haga un enredo.

En la ciudad era conocido por todos este excusable defecto de mi tío, por el que muchos desahogados aprovechaban para burlarse de él, cosa que le exasperaba en extremo; y su furor era causa de que arreciasen las risas, lo cual es de muy mal gusto hasta en la misma Alemania. Y si bien es muy cierto que contaba siempre con gran número de oyentes en su aula, no lo es menos que la mayoría de ellos iban sólo a divertirse a costa del catedrático.

Como quiera que sea, no me cansaré de repetir que mi tío era un verdadero sabio. Aun cuando rompía muchas veces las muestras de minerales por tratarlos sin el debido cuidado, unía al genio del geólogo la perspicacia del mineralogista. Con el martillo, el punzón, la brújula, el soplete y el frasco de ácido nítrico en las manos, no tenía rival. Por su modo de romperse, su aspecto y su dureza, por su fusibilidad y sonido, por su olor y su sabor, clasificaba sin titubear un mineral cualquiera entre las seiscientas especies con que en la actualidad cuenta la ciencia.

Por eso el nombre de Lidenbrock gozaba de gran predicamento en los gimnasios y asociaciones nacionales. Humphry Davy, de Humboldt y los capitanes Franklin y Sabine no dejaban de visitarle a su paso por Hamburgo. Becquerel, Ebejmen, Brewster, Dumas y Milne-Edwards solían consultarle las cuestiones más palpitantes de la química. Esta ciencia le debía magníficos descubrimientos, y, en 1853, había aparecido en Leipzig un Tratado de Cristalogiafía trascendental, por el profesor Otto Lidenbrock, obra en folio, ilustrada con numerosos grabados, que no llegó, sin embargo, a cubrir los gastos de impresión.

Además de lo dicho mi tío era conservador del museo mineralógico del señor Struve, embajador de Rusia, preciosa colección que gozaba de merecida y justa fama en Europa.

Tal era el personaje que con tanta impaciencia me llamaba. Imaginaos un hombre alto, delgado, con una salud de hierro y un aspecto juvenil que le hacía aparentar diez años menos de los cincuenta que contaba. Sus grandes ojos observaban a todas partes detrás de sus amplias gafas; su larga y afilada nariz parecía una lámina de acero; los que le perseguían con sus burlas decían que estaba imanada y que atraía las limaduras de hierro. Calumnia vil, sin embargo, pues sólo atraía al tabaco, aunque en gran abundancia, dicho sea en honor de la verdad.

Cuando haya dicho que mi tío caminaba a pasos matemáticamente iguales, que medía cada uno media toesa de longitud, y añadido que siempre lo hacía con los puños sólidamente apretados, señal de su carácter irascible, lo conocerá lo bastante el lector para no desear su compañía.

Vivía en su modesta casita de König-strasse, en cuya construcción entraban por partes iguales la madera y el ladrillo, y que daba a uno de esos canales tortuosos que cruzan el barrio más antiguo de Hamburgo, felizmente salvado del incendio de 1842.

Cierto que la tal casa estaba un poco inclinada y amenazaba con su vientre a los transeúntes; que tenía el techo caído sobre la oreja, como las gorras de los estudiantes de Tugendbund; que la verticalidad de sus líneas no era lo más perfecta; pero se mantenía firme gracias a un olmo secular y vigoroso en que se apoyaba la fachada, y que al cubrirse de hojas, llegada la primavera, remozábala con un alegre verdor.

Mi tío, para profesor alemán, no dejaba de ser rico. La casa y cuanto encerraba, eran de su propiedad. En ella compartíamos con él la vida su ahijada Graüben, una joven curlandesa de diez y siete años de edad, la criada Marta y yo, que, en mi doble calidad de huérfano y sobrino, le ayudaba a preparar sus experimentos.

Confieso que me dediqué con gran entusiasmo a las ciencias mineralógicas; por mis venas circulaba sangre de mineralogista y no me aburría, jamás en compañía de mis valiosos pedruscos.

En resumen, que vivía feliz en la casita de la König-strasse, a pesar del carácter impaciente de su propietario porque éste, independientemente de sus maneras brutales, me profesaba gran afecto. Pero su gran impaciencia no le permitía aguardar, y trataba de ir más aprisa que la misma naturaleza.

En abril, cuando plantaba en los potes de loza de su salón pies de reseda o de convólvulos, iba todas las mañanas a tirarles de las hojas para tratar así de acelerar su crecimiento.

Con tan original personaje, no tenía más remedio que obedecer ciegamente; y por eso acudía presuroso a su despacho.

Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne, frances, 1828 - 1905

domingo, 14 de agosto de 2011

Juventud Divino Tesoro


Dice el filosofo: —Quien aprovecha la mañana, aprovecha todo el día; y de igual manera quien aprovecha de su juventud aprovecha de toda su vida—. Sí aun eres un niño, aprovecha de ese tesoro. Y si ya estás grande, alegrate y confortate con ese tesoro que un día tuvimos todos al alcance. A continuación, Canción de Otoño en Primavera. Ruben Dario, nicaraguense, 1867 - 1916.

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste
historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;
sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.
Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más
halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura
una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño
y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso
la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera
imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,
en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa
que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,
mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!

Versiones


Me gusta éste pensamiento poético —poema de Elíseo Diego— que sutilmente nos habla de una gran realidad que todos los seres vivos tenemos en común y tan cierto es como la muerte misma: todos nacemos —como un jarro echo a mano—. A continuación, Versiones.

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.

La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo el gato de la casa, el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a ver.

La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.

La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror.


Eliseo Diego
, cubano, 1920 — 1994

lunes, 1 de agosto de 2011

Silencio


Yo que crecí dentro de un árbol
tendría mucho que decir,
pero aprendí tanto silencio
que tengo mucho que callar
y eso se conoce creciendo
sin otro goce que crecer,
sin más pasión que la substancia,
sin más acción que la inocencia,
y por dentro el tiempo dorado
hasta que la altura lo llama
para convertirlo en naranja.

Pablo Neruda, chileno 1904 — 1973

Y a propósito de «Silencio», otro silencio acude a mi mente. Un silencio totalmente diferente al de Neruda; pero igual de reflexivo, esa melodía hermosa de aquel tango que se llama igual: —Silencio— Cantado por Carlos Gardel, cuya letra y música tengo entendido fue escrita por Alfredo Le Pera y Horacio Pettorossi. Mas no estoy seguro, si alguien gusta, corrija me por favor.

Silencio —Tango—

Silencio en la noche, ya todo esta en calma,
el musculo duerme, la ambición descansa.
Meciendo una cuna, una madre canta,
un canto querido que llega hasta el alma
porque en esa cuna esta su esperanza

Eran cinco hermanos, ella era una santa,
eran cinco besos que cada mañana,
rozaban muy tiernos las sedas de plata
de esa viejecita de canas muy blancas.
Eran cinco hijos que al taller marchaban.

Silencio en la noche, ya todo esta en calma,
el musculo duerme, la ambición trabaja.
Un clarin se oye...peligra la patria
y al grito de: Guerra! los hombres se matan...
cubriendo de sangre los campos de Francia.

Hoy todo ha pasado, florecen las plantas,
un himno a la vida los arados cantan.
Y la viejecita de canas muy blancas,
se quedo muy sola... con cinco medallas
que por cinco heroes, la premio la patria.

Silencio en la noche, ya todo esta en calma,
el musculo duerme, la ambición descansa.
Un coro lejano de madres que cantan
mecen en sus cunas nuevas esperanzas...
Silencio en la noche... silencio en las almas.


Organito de la Tarde



Y a propósito de tango, mi favorito: escuchalo, cantalo, bailalo... y si te despierta algún recuerdo, no te detengas... lloralo.

Al paso tardo de un pobre viejo
puebla de notas el arrabal,
con un concierto de vidrios rotos,
el organito crepuscular.
Dándole vueltas a la manija
un hombre rengo marcha detrás,
mientras la dura pata de palo
marca del tango el compás.

En las notas de esa musiquita
hay no se que vaga sensación,
que el barrio parece
impregnarse todo de emoción.
Y es porque son tantos los recuerdos
que a su paso despertando va,
que llena las almas
con un gran deseo de llorar.

Y al triste son
de esa canción
sigue el organito lerdo
como sembrando a su paso
más pesar en el recuerdo,
más color en su ocaso.
Y allá se va, de su tango al son,
como buscando la noche
que apagara su canción.

Cuentan las viejas que todo lo saben
y que el pianito junta a charlar,
que aquel viejito tuvo una hija
que era la gloria del arrabal.
Cuentan que el rengo, que era su novio.
y que en el corte no tuvo igual,
supo con ella y en las milongas
con aquel tango reinar.

Pero vino un día un forastero
bailarín, buen mozo y peleador,
que en un a milonga
compañera y pierna le quito.
desde entonces padre y novio
van buscando por el arrabal,
a la ingrata muchacha,
al compás de aquel tango fatal.

Letra: José González Castillo
Música: Cátulo Castillo



martes, 19 de julio de 2011

Los Dos Mundos


Nota: La forma de expresarse de Hermann Hesse en Demian, como en todas sus obras literarias, es como escuchar a una persona pensar en voz alta; sincero, claro y conciso. A continuación, un fragmento de «Los Dos Mundos» de Demian, historia de la juventud de Emil Sinclair, de Hermann Hesse.

Quería tan sólo intentar vivir lo que tendía
a brotar espontáneamente de mí.
¿Por qué había de serme tan difícil?

Comienzo mi historia como un acontecimiento de la época en que yo tenía diez años e iba al Instituto de letras de nuestra pequeña ciudad.

Muchas cosas conservan aún su perfume y me conmueven en lo más profundo con pena y dulce nostalgia: callejas oscuras y claras, casas y torres, campanadas de reloj y rostros humanos, habitaciones llenas de acogedor y cálido bienestar, habitaciones llenas de misterio y profundo miedo a los fantasmas. Olores a cálida intimidad, a conejos y a criadas, a remedios caseros y a fruta seca. Dos mundos se confundían allí: de dos polos opuestos surgían el día y la noche.

Un mundo lo constituía la casa paterna; más estrictamente, se reducía a mis padres.

Este mundo me resultaba muy familiar: se llamaba padre y madre, amor y severidad ejemplo y colegio. A este mundo pertenecían un tenue esplendor, claridad y limpieza; en él habitaban las palabras suaves y amables, las manos lavadas, los vestidos limpios y las buenas costumbres. Allí se cantaba el coral por las mañanas y se celebraba la Navidad.

En este mundo existían las líneas rectas y los caminos que conducen al futuro, el deber y la culpa, los remordimientos y la confesión, el perdón y los buenos propósitos, el amor y el respeto, la Biblia y la sabiduría. Había que mantenerse dentro de este mundo para que la vida fuera clara, limpia, bella y ordenada.

El otro mundo, sin embargo, comenzaba en medio de nuestra propia casa y era totalmente diferente: olía de otra manera, hablaba de otra manera, prometía y exigía otras cosas.

En este segundo mundo existían criadas y aprendices, historias de aparecidos y rumores escandalosos; todo un torrente multicolor de cosas terribles, atrayentes y enigmáticas, como el matadero y la cárcel, borrachos y mujeres chillonas, vacas parturientas y caballos desplomados; historias de robos, asesinatos y suicidios. Todas estas cosas hermosas y terribles, salvajes y crueles, nos rodeaban; en la próxima calleja, en la próxima casa, los guardias y los vagabundos merodeaban, los borrachos pegaban a las mujeres; al anochecer las chicas salían en racimos de las fábricas, las viejas podían embrujarle a uno y ponerle enfermo; los ladrones se escondían en el bosque cercano, los incendiarios caían en manos de los guardias. Por todas partes brotaba y pululaba aquel mundo violento; por todas partes, excepto en nuestras habitaciones, donde estaban mi padre y mi madre. Y estaba bien que así fuera.

Era maravilloso que entre nosotros reinara la paz, el orden y la tranquilidad, el sentido del deber y la conciencia limpia, el perdón y el amor; y también era maravilloso que existiera todo lo demás, lo estridente y ruidoso, oscuro y brutal, de lo que se podía huir en un instante, buscando refugio en el regazo de la madre.

Y lo más extraño era cómo lindaban estos dos mundos, y lo cerca que estaban el uno del otro.

Por ejemplo, nuestra criada Lina, cuando por la noche rezaba en el cuarto de estar con la familia y cantaba con su voz clara, sentada junto a la puerta, con las manos bien lavadas sobre el delantal bien planchado, pertenecía enteramente al mundo de mis padres, a nosotros, a lo que era claro y recto. Pero después, en la cocina o en la leñera, cuando me contaba el cuento del hombrecillo sin cabeza o cuando discutía con las vecinas en la carnicería, era otra distinta: pertenecía al otro mundo y estaba rodeada de misterio. Y así sucedía con todo; y más que nada conmigo mismo. Sí, yo pertenecía al mundo claro y recto, era el hijo de mis padres; pero adondequiera que dirigiera la vista y el oído, siempre estaba allí lo otro, y también yo vivía en ese otro mundo aunque me resultara a menudo extraño y siniestro, aunque allí me asaltaran regularmente los remordimientos y el miedo.

De vez en cuando prefería vivir en el mundo prohibido, y muchas veces la vuelta a la claridad, aunque fuera muy necesaria y buena, me parecía una vuelta a algo menos hermoso, más aburrido y vacío. A veces sabía yo que mi meta en la vida era llegar a ser como mis padres, tan claro y limpio, superior y ordenado como ellos; pero el camino era largo, y para llegar a la meta había que ir al colegio y estudiar, sufrir pruebas y exámenes; y el camino iba siempre bordeando el otro mundo más oscuro, a veces lo atravesaba y no era del todo imposible quedarse y hundirse en él. Había historias de hijos perdidos a quienes esto había sucedido, y yo las leía con verdadera pasión.

Más de Demian:


Hermann Karl Hesse (Calw, Baden-Wurtemberg, Alemania, 2 de julio de 1877 – Montagnola, Cantón del Tesino, Suiza, 9 de agosto de 1962), fue un escritor, poeta, novelista y pintor suizo de origen alemán.

Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1946.

lunes, 18 de julio de 2011

Alguien Está Muriendo


Mientras haces cualquier cosa,
alguien está muriendo.

Mientras te lustras los zapatos,
mientras odias,
mientras le escribes una carta prolija
a tu amor único o no único.

Y aunque pudieras llegar a no hacer nada,
alguien estaría muriendo,
tratando en vano de juntar todos los rincones,
tratando en vano de no mirar fijo a la pared.

Y aunque te estuvieras muriendo,
alguien más estaría muriendo,
a pesar de tu legítimo deseo
de morir un minuto con exclusividad.

Por eso, si te preguntan por el mundo,
responde simplemente: alguien está muriendo

Roberto Juarroz, argentino, 1925-1995.

jueves, 14 de julio de 2011

Finalmente Vinieron por Mi

Primero, vinieron por los judíos,
y no protesté porque no era judío;
Luego, vinieron por los comunistas,
y no protesté porque no era comunista.
Entonces, vinieron por los católicos,
y no protesté porque no era católico;
Luego vinieron por los de las Uniones sindicales,
y no protesté porque no era sindicalista;

Finalmente vinieron por mí,
y no quedaba nadie para protestar por mí.

Pastor Martin Niemöller

sábado, 9 de julio de 2011

Ella no Dice Nada


Ella no dice nada solo cocina,
ella no dice nada solo cocina...

Vaya a saber la causa,
vaya a saber la causa,
vaya a saber la causa de su alegría...

Ella no dice nada solo sonríe,
ella no dice nada solo sonríe...

Cuando en lugar de sopa,
cuando en lugar de sopa,
cuando en lugar de sopa, sirve jazmines...

Ella no dice nada lava y suspira,
ella no dice nada lava y suspira...
y aveces hasta vuela,
y aveces hasta vuela...
y aveces hasta vuela de distraida...

Ella no dice nada pero se entiende,
ella no dice nada pero se entiende...
Porque se pasa el día,
porque se pasa el día,
porque se pasa el día...
teje que teje...

Facundo Cabral, argentino —La Plata, Argentina, 22 de mayo de 1937 - Ciudad de Guatemala, 9 de julio de 2011—


martes, 14 de junio de 2011

El Martín Pescador



Sobre el remanso azul, agudo acecha
Desde un lánguido gajo del sauzal,
En inminente inclinación de flecha,
La lentitud profunda del caudal.

Oro de sol en la corriente boya...
Y destellando un súbito arrebol,
Identifica el pájaro en su joya,
Sauce verde, agua azul, y oro de sol...

Leopoldo Lugones, argentino (1874 – 1938)

miércoles, 8 de junio de 2011

El Largo Viaje


Un fragmento de «El largo viaje» de Jorge Semprún (Madrid, 10 de diciembre de 1923 - París, 7 de junio de 2011)

«Este hacinamiento de cuerpos en el vagón, este punzante dolor en la rodilla derecha. Días, noches. Hago un esfuerzo e intento contar los días, contar las noches. Tal vez esto me ayude a ver claro. Cuatro días, cinco noches. Pero habré contado mal, o es que hay días que se han convertido en noches. Me sobran noches; noches de saldo. Una mañana, claro está, fue una mañana cuando comenzó este viaje. Aquel día entero. Después, una noche. Levanto el dedo pulgar en la penumbra del vagón. Mi pulgar por aquella noche. Otra jornada después. Aún seguíamos en Francia y el tren apenas se movió. En ocasiones, oíamos las voces de los ferroviarios, por encima del ruido de botas de los centinelas. Olvídate de aquel día, fue una desesperación. Otra noche. Yergo en la penumbra un segundo dedo. Tercer día. Otra noche. Tres dedos de mi mano izquierda. Y el día en que estamos. Cuatro días, pues, y tres noches. Avanzamos hacia la cuarta noche, el quinto día. Hacia la quinta noche, el sexto día. Pero ¿avanzamos nosotros? Estamos inmóviles, hacinados unos encima de otros, la noche es quien avanza, la cuarta noche, hacia nuestros inmóviles cadáveres futuros. Me asalta una risotada: va a ser la Noche de los Búlgaros, de verdad. –No te canses –dice el chico. En el torbellino de la subida, en Compiègne, bajo los golpes y los gritos, cayó a mi lado. Parece no haber hecho otra cosa en su vida, viajar con otros ciento diecinueve tipos en un vagón de mercancías cerrado con candados. «La ventana», dijo brevemente. En tres zancadas y otros tantos codazos, nos abrió paso hasta una de las aberturas, atrancada con alambre de púas. «Respirar es lo más importante, entiendes, poder respirar». (…) Pero he aquí el valle del Mosela. Cierro los ojos y saboreo esta oscuridad que me invade, esta certeza del valle del Mosela, fuera, bajo la nieve. Esta certeza deslumbrante de matices grises, los altos abetos, los pueblos rozagantes, las serenas humaredas bajo el cielo invernal. Procuro mantener los ojos cerrados, el mayor tiempo posible. El tren rueda despacio, con un monótono ruido de ejes. Silba, de repente. Ha debido desgarrar el paisaje de invierno, como ha desgarrado mi corazón. Deprisa, abro los ojos, para sorprender el paisaje, para cogerlo desprevenido. Ahí está. Está, simplemente, no tiene otra cosa que hacer. Podría morirme ahora, de pie en el vagón atiborrado de futuros cadáveres, él seguiría ahí. El valle del Mosela estaría ahí, ante mi mirada muerta, suntuosamente hermoso como un Breughel de invierno. Podríamos morir todos, yo mismo y este chico de Semur-en-Auxois, y el viejo que aullaba hace un rato sin parar, sus vecinos han debido derribarle, ya no se le oye, él seguiría ahí, ante nuestras miradas muertas. Cierro los ojos, los abro. Mi vida no es más que este parpadeo que me descubre el valle del Mosela. Mi vida se me ha escapado, se cierne sobre este valle de invierno, es este valle dulce y tibio en el frío del invierno».

Jorge Semprún

«Cuando ya todo te ha ocurrido; ya nada puede sucederte»

miércoles, 1 de junio de 2011

Suzanne


Nota: Muy bonita canción, Suzanne, de Leonard Cohen, muy bien se merece —en mi opinión— tan solo por esta canción el premio, Príncipe de Asturias.

Suzanne te lleva abajo
hacia su lugar cerca del río.
Puedes oír las barcas pasar.
Puedes pasar la noche junto a ella.
Y sabes que está medio loca;
pero por eso mismo quieres estar allá.
Y te alimenta con té y naranjas
que vinieron desde China.
Y justo cuando tratas de decirle
que no tienes amor para darle,
te introduce en su longitud de onda
y deja que el río conteste,
que siempre has sido su amante.

Y quieres viajar con ella,
Y quieres viajas a ciegas,
Y sabes que confiará en ti
porque has tocado su cuerpo perfecto
con tu forma de pensar.

Y Jesús era un navegante
cuando caminaba sobre las aguas.
Y pasó largo tiempo observando
desde su solitaria torre de madera.
Y cuando supo al fin con certeza
que solo los que se ahogaban podían verle
Dijo: "Todos los hombres serán navegantes
hasta que el mar los libere."
Pero el mismo estaba roto
mucho antes de que el cielo se abriera
Rendido, casi humano
se hundió entre tu sabiduría como una piedra.

Y quieres viajar con él,
y quieres viajar a ciegas;
Y sabes que podrás confiar en él
porque ha tocado tu cuerpo perfecto
con su forma de pensar.

Ahora Suzanne te toma de la mano,
Y te conduce hacia el río.
Lleva pieles y harapos
de los almacenes del Ejercito de Salvación.
Y el sol cae como la miel
sobre nuestra dama de la bahía.
Y te muestra dónde has de mirar
de entre la basura y las flores.
Hay héroes entre las algas
Hay niños en la mañana
que tienden hacia el amor
y lo harán así por siempre
mientras Suzanne sostenga el espejo.

Y quieres viajar con ella.
Y quieres viajar a ciegas.
Y sabes que puedes confiar en ella;
porque ha tocado tu cuerpo perfecto
con su forma de pensar.


Leonard Cohen, nacido en 1934, canadiense




martes, 24 de mayo de 2011

A Juan Ramón Jiménez

Era una noche del mes
de mayo, azul y serena.
Sobre el agudo ciprés
brillaba la luna llena,
iluminando la fuente
en donde el agua surtía
sollozando intermitente.
Sólo la fuente se oía.
Después, se escuchó el acento
de un oculto ruiseñor.
Quebró una racha de viento
la curva del surtidor.
Y una dulce melodía
vagó por todo el jardín:
entre los mirtos tañía
un músico su violín.
Era un acorde lamento
de juventud y de amor
para la luna y el viento,
el agua y el ruiseñor.
«El jardín tiene una fuente
y la fuente una quimera...»
Cantaba una voz doliente,
alma de la primavera.
Calló la voz y el violín
apagó su melodía.
Quedó la melancolía
vagando por el jardín.
Sólo la fuente se oía.

Antonio Machado, español 1875 - 1939

martes, 3 de mayo de 2011

Isabel Viendo Llover

Cuando leí esta narración —que se llama monologo— se me hizo atroz; pero interesante, a continuación un fragmento de "Isabel Viendo Llover en Macando" de Gabriel Gracía Márquez.

Aterrorizada, poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en alto, y chapaleaba en el agua del corredor. "Ahora tenemos que rezar", dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: "Ahora tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos están flotando en el cementerio". Tal vez había dormido un poco esa noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que roncaba a mi lado. "¿No lo sientes?", le dije. Y él dijo "¿Qué?" Y yo dije: "El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las calles". Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: "Son cosas tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones".

jueves, 14 de abril de 2011

El Niño que Todo lo Quería Ser



De Manuel Benítez Carrasco 1922-1999

El niño quiso ser pez
Metió los pies en el río
Estaba tan frío el río
Que ya no quiso ser pez.

El niño quiso ser pájaro
Se asomó al balcón del aire
Estaba tan alto el aire
Que ya no quiso ser pájaro.

El niño quiso ser perro
Se puso a ladrarle a un gato
Lo trató tan mal el gato
Que ya no quiso ser perro.

El niño quiso ser hombre
Empezó a ponerse años
Le estaban tan mal los años
Que ya no quiso ser hombre.

Y ya no quiso crecer,
no quería crecer el niño,
se estaba tan bien de niño,
pero tuvo que crecer.

Y en una tarde al volver
a su placita de niño
el hombre quiso ser niño
pero ya no pudo ser.

martes, 5 de abril de 2011

Platero

Nota: Cuando nos toco leer Platero y yo, allá en los sesentas en tercer año de primaria, mi hermano y yo, nos reíamos de lo sencillo que nos parecía entonces su contenido; pero cuando fuimos descubriendo poco a poco su contenido, su riqueza escondida en lo sencillo de cada uno de sus capítulos, lo hicimos nuestro; cambiamos de opinión. Platero y yo es un libro muy bonito, si no lo has leído, leelo te lo recomiendo.

A continuación, Platero, de Platero y Yo, de Juan Ramón Jiménez 1881 - 1958

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas... Lo llamo dulcemente: ¿Platero? y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe en no sé qué cascabeleo ideal...

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel...

Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña...; pero fuerte y seco por dentro como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

—Tien’ asero...

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.